Gabriel Paredes es colaborador de Salto Sale. El pasado fin de semana estuvo presente en el show de Roger Waters y nos dejó su parecer acerca del espectáculo del artista británico.
El pasado 17 de noviembre estaba pactado que en el estadio centenario tuviese lugar el segundo show en nuestro país de uno de los músicos más influyentes de la historia del rock. Roger Waters llegaba al Uruguay en medio de polémicas mediáticas desatadas a partir de la postura del músico (activista político anti-guerra desde siempre) en relación a las denuncias del accionar del estado de Israel en la franja de Gaza.
El pronóstico del tiempo vaticinaba una tormenta a la hora del show. Llegamos temprano al estadio y entre camisetas personalizadas con tapas de discos de “The Wall” y de “The dark side of the moon”, llamaba la atención que en la fila para el ingreso (contrario a lo que podría esperarse) la juventud marcaba su presencia. Se notaba en las caras de los adolescentes y apenas veinteañeros la emoción y expectativa de ver a una leyenda de la música por primera y tal vez única vez. Ya en el mítico estadio, nos posicionamos en el campo y gracias a que llegamos temprano pudimos acomodarnos contra las vallas, a menos de cincuenta metros de un escenario gigantesco con cuatro pantallas verticales. La gente fue llegando de a poco hasta completar un aforo aproximado de unas 25 mil personas que mediante una relocalización de último momento ocuparon todo el campo y la tribuna olímpica.
Sobre las viente horas salió al escenario el olimareño Braulio López, quien entonó cuatro temas y agradeció la oportunidad y el espacio para cantar sus canciones y reivindicar la búsqueda de los detenidos desaparecidos durante la dicadura cívico-militar y condenar las atrocidades de la guerra en medio oriente.
La hora pactada para el show eran las 21. Mientras más cerca del inicio del concierto se estaba, más amenazante se ponía el cielo. Llegado el momento, la particular voz de Roger Waters anunció el inminente comienzo del show, y ya oscuro el cielo empezaron a verse los primeros resplandores de la tormenta desde atrás del escenario. De repente empezó a escucharse el tronar del cielo y entre los asistentes nos debatíamos si el sonido provenía del escenario y era parte del show o si eran de las fuerzas de la naturaleza.
Esta incógnita perdió sentido cuando se iluminó la pantalla con un escenario tormentoso post-apocalíptico y comenzaron a sonar los acordes de Confortbly numb ambientados por los relámpagos de la animación que se sincronizaban con los de la tormenta que ya estaba sobre nosotros dejando caer las primeras gotas de lluvia. Ésta versión del clásico tema no contó con el memorable solo de guitarra interpretado en su versión original por David Gilmour, pero sí con una interpretación vocal de la corista que expresaba alaridos de angustia y alienación preguntando si alguien allí afuera podía escucharla. El paralelismo entre lo expresado por la música y el ambiente hizo extrañar un poco menos el monumental solo.
Luego de la tensión primera, el músico se despachó energéticamente con el clásico de clásicos, “The happiest day of our life” y “another brick in the wall” parte 1 y 3. En ese momento la tormenta ya era un elemento más de la puesta en escena y los relámpagos interactuaban con las notas de las exquisitamente interpretadas guitarras eléctricas y las apariciones del viejo Roger, de 80 años que vociferaba y entonaba sus canciones infundido de la fuerza sobrenatural de la tormenta.
La lluvia se intensificó y el show continuó con canciones de la etapa solista de músico, como “the bravery of being out of range” acusando por las pantallas a los cobardes líderes mundiales que financian y declaran guerras desde la comodidad de sus escritorios, fuera del alcance de la munición.
La tormenta no daba treuga y al momento de retomar las canciones de Pink Floyd, mientras sonaba “Have a Cigar” la lluvia se transformó en en diluvio estrepitoso, al punto que el show debió pausarse por 10 minutos porque los instrumentos comenzaron a mojarse y el riesgo eléctrico los obligó a parar.
Momentos después el agua dejó de caer con tanta intensidad “Gracias a todos por venir, quiero que sepan que aunque tengamos que estar toda la noche, no me voy a ningún lado, el show no se va a suspender” declaró el músico antes de retomar la canción donde había quedado y la alegría de la gente, que no se iría a ninguna parte, estalló en gritos de felicidad.
La calidad del sonido y de las ejecuciones deleitaron a los asistentes, pasando por canciones de su carrera solista, y los discos de Pink Floyd “Animals” y “The dark side of the moon”, de este último interpretando por completo el lado B. “Us and them”, “Money”, “any colour you like”, “brian damage” y “Eclipse”. A esa altura ya había perdido la cuenta de las veces en que la emoción me arrancó alguna lágrima. La música era ligada por mensajes en la pantalla, en español, que mostraban la crudeza de las guerras y sus justificaciones raciales; desencadenando desde sentimientos de rabia hasta la impotencia y la indignación. El el objetivo de toda esta parafernalia era claro: transmitir un mensaje que aunque parezca mentira a esta altura de la historia, es necesario estar recordando todo el tiempo: palestinos, judíos, indígenas, árabes… todos tenemos derechos humanos y no podemos olvidarnos de esto.
El show llegó a su fin con la alegre y optimista canción “outside the wall” en formato acústico y podía verse al añoso músico ensayando unos pasos de baile, visiblemente emocionado al igual que las miles de personas presentes en el estadio. La lluvia, la tormenta y los relámpagos que fueron parte del espectáculo generaron una comunión especial que dio una certeza de cercanía y conexión con los músicos que, desde mi experiencia, otrora parecían tan lejanos, tan de otra época y tan distantes, pero que al final, como dijo Roger en esa canción que habla de la bomba atómica (“Two suns in the sunset”), “eramos todos iguales en el final”.





