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DE AQUEL AMOR, DE CRÍTICA LIGERA (Por Manuel LLobet)

noviembre 30, 2020

 

La muerte de Diego Armando Maradona trajo un sentimiento de congoja para el mundo futbolero y para aquéllos mayores de 35 años, tan natural como evidente

Con la muerte del reconocido ex jugador de fútbol se fueron (o volvieron), los recuerdos de épocas pasadas en muchas generaciones, que lo vieron jugar. Ese grado de acercamiento generacional permite distinguir la llegada de la triste noticia. 

Siempre digo que la pasión no está sujeta a una revisión analítica., por ende está, o debería estar desprovista de juicios de valor o consideraciones racionales.

La comparación de Maradona con un “Dios” por gran parte de sus seguidores debe estar abstraída de análisis racionales. De hecho el propio “Dios” entra en esa abstracción, (por lo menos para los agnósticos como quien suscribe).

Es casi una opinión innecesaria (provenientes de  personas con ausencia asfáltica) denostar la antedicha adjetivación que tienen los futboleros para con Maradona,  por parte de la gente que lo quiso. Como si alguna vez esa devoción, hubiera estado sostenida por el ejemplo personal  de conducta, o tránsito en la vida, por parte del ex jugador.

De hecho el propio Maradona no se consideraba ningún ejemplo personal, pero la valía de sus palabras devenía de la experiencia, de haberlo experimentado

Con lo que eso significa en épocas donde hasta los eunucos opinan del Kamasutra.

Habrá que hacerles entender a estas personas y sus moralinas innecesarias que en ningún momento la devoción por la figura de Maradona, nace del buen o mal ejemplo, sino entre otras,  por haberle traído una copa mundial a un país, sumido en una crisis económica como era la Argentina en 1986. Donde la hemorragia por Malvinas se evidenciaba en una sociedad  con faltante de alegrías. 

La copa no iba a cerrar las heridas de Malvinas pero al menos atemperaba el mal recuerdo de un pasado reciente y mitigaba en parte, la cruda realidad.  

Haber defendido a muerte a la celeste y blanca, con sus virtudes y errores, lo hace un referente social dentro de una cancha. Y dentro claro, porque es ahí donde nace la pasión que no reviste juicios de comportamiento o monsergas de educación moral y cívica por parte de maestros ciruelas. Tampoco está sujeta a una revisión por parte del raciocinio.

La pasión no entiende de razón, los hombres lo sabemos. Y cuando vemos la trascendencia de un particular, aún en el disgusto, preferimos no hablar, preferimos no opinar.

LLamarnos a silencio  evidencia nuestro disgusto o desacuerdo.

Pero la crítica ligera evidencia nuestra pequeñez.

 

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